Ago 31 2008
Las personas y el cambio
Estamos en un momento económico delicado: menor crecimiento, estancamiento, recesión; cada quien puede utilizar la palabra que estime conveniente para definir la situación actual. Ni los premios Nobel en dicho campo saben decirnos cuándo se superará y cómo se podrá hacer de manera sostenible, en un momento en el que parece ser se avecina un cambio estructural en la misma, y no meramente coyuntural. Un cambio que debe ser válido para diferentes entornos locales de un mundo global.
Desde diferentes entornos, más o menos cualificados, se apunta hacia la Economía del Conocimiento como panacea (?) que nos llevará a una situación más o menos idílica, por parte de las sociedades u organizaciones que apuesten por ella. Creo que hay algo de razón, pero sólo algo ya que la solución no es inmediata, ni rápida, ni fácil; y en unos entornos no lo es más que en otros.
Por cierto, al hablar del conocimiento como base de la economía hacia la que vamos siempre me ha asaltado una pregunta, sin duda como a otras muchas personas: ¿Hemos reflexionado por qué ahora el conocimiento va a ser especialmente importante, si siempre lo ha sido como fuente generadora de riqueza, poder, influencia, calidad de vida, etc?
En ocasiones, en vez de hablar de Economía del Conocimiento se nos dice que hay que optar por actividades de mayor valor añadido para las actividades sectoriales usuales. Esta situación se está dando a nivel internacional, nacional y local, no en balde nos encontramos en un mundo global e interconectado en redes. En proa2020 lo hemos reflejado en el Hecho 3: La Ciudad y la Economía (¿de qué va a vivir Las Palmas de Gran Canaria en un futuro próximo?).
En esta onda general, la Gestión del Cambio (”Change Management”) se ha convertido en una de las líneas de mayor producción y demanda editorial, así como en eje de muchas Escuelas de Negocios y Postgrados.
Al plantearnos esta situación, como en casi -o sin casi- todas, creo que hay que pensar en primer lugar en las personas. La personas son reacias al cambio (algunas más que otras), situación que se ha justificado de muchas y variadas maneras. Los cambios son casi siempre graduales, se dan poco a poco; casi siempre, ya que en situaciones de crisis profunda (personal o colectiva), es decir en tiempos difíciles, son a menudo más rápidos y radicales. Lo importante, además, es que sean permanentes como forma de ir avanzando.
M.Gandhi ya lo intuyó: “Sé tu el cambio que quieres ver en el mundo”. Las personas son lo primero, en el cambio también. Por lo tanto, hay diversos niveles en el cambio personal que creo son importantes: individual, interindividual y corporativo. El nivel individual es muy importante, y a menudo se obvia; creo que es la base en la que se asienta el encontrase bien uno mismo, y es el soporte de los otros dos niveles.
Por ello, hemos de comenzar a sentar las bases de futuro en base a las generaciones jóvenes (y no tan jóvenes). Ahí es donde la educación/formación (¿qué educación/formación? ) tiene un cometido importante; tanto la educación formal , como en la cada vez más numerosa educación no formal (es la que cada persona elige/sigue por sí misma, casi siempre una vez superada aquella).
En este sentido la universidad tiene un papel clave y doble: forma al profesorado de los otros niveles del sistema educativo, y forma inicialmente a las personas que impulsarán el sistema productivo y distributivo de la sociedad. Las personas que, de una manera u otra, la liderarán.
Este cambio en la universidad tampoco es fácil, ni inmediato; en ella junto a la propia resistencia al cambio de las personas, se une una inercia de la propia institución a nivel corporativo. Por ello, en la educación continua (a lo largo de toda la vida) prolifera la formación al margen de la misma, en un “mercado” que cada vez tiene nuevos e importantes operadores. Es una situación de la que los profesores universitarios, en bastantes casos, no somos conscientes. Creo que, si no ponemos remedio entre todos, a la universidad sólo quedará la formación de grado o formación inicial postsecundaria.
Al mismo tiempo, las empresas/corporaciones actuales en los sectores de producción tradicionales se tendrían que plantear cómo aumentar su competitividad y productividad en lo que saben hacer. Para ello, necesitan visión y estrategia por parte de sus líderes; y es necesario que capten, impulsen, y retengan talento joven e innovador. Creo que los relevos generacionales pueden aportar valor, si las competencias de esta generación son las adecuadas. Lograr un adecuado equilibrio entre la experiencia (muchas veces asociada a lo de “siempre”) y la innovación/cambio (lo “nuevo” asociado a los jóvenes) es recomendable.
Mientras tanto, podrán llegar las nuevas generaciones que permitan apostar por nuevos sectores de producción (incluyendo intangibles), que permitan adquirir ventajas competitivas diferenciales en nichos emergentes. El disponer de parques empresariales y de innovación abierta (más que parques tecnológicos tradicionales), ayudaría sin duda a hacer realidad el cambio, a una velocidad adecuada que también es muy importante.
Pero el cambio debería comenzar por las personas, siendo para cada persona un objetivo a conseguir.